Mercadillo de Toledo en la web

Ruta de Gustavo Adolfo Bécquer

1. La Calle de los Bécquer (Calle de La Lechuga)

"Hay en Toledo una calle estrecha, torcida y oscura, que guarda tan fiélmente la huella de cien generaciones que en ella han habitado, que habla con tanta elocuencia a los ojos del artista, y revela tantos secretos puntos de afinidad entre las ideas y las costumbres de cada siglo con la forma y el carácter especial impreso en sus obras más insignificantes, que yo cerraría sus entradas con barreras ..."

(Gustavo Adólfo Bécquer. "Tres Fechas")

Nos encontramos en la calle que tradicionalmente se ha venido llamado "de la Lechuga" y así es como se la conoce tradicionalmente en nuestros días y es que ya sabemos todos lo que sucede en Toledo pues por más que nuestras autoridades municipales o de cualquier otro tipo se empeñen en cambiar nuestras costumbres los toledanos siempre mantendremos vivo el recuerdo de las generaciones. Veamos si no, lo que sucede con la Calle Ancha ( o Comercio).

El hecho es que hacia la primera década del siglo XX el municipio decidió cambiar el nombre de la calle porque un "eminente historiador" toledano en sus muchas investigaciones sobre el tema decidió que en la casa que lleva el nº 9 vivieron los hermanos Gustavo Adolfo y Valeriano Bécquer.

Pero sucede en numerosas ocasiones, y esta no lo será menos, que el historiador, entendemos que por equívoco más que por intencionalidad manifiesta de "colgarse los laureles", erró en su cálculo pues como bien nos informa Don Julio Porres Martín Cleto en su eminente, por que nunca ahorraré en halagos para con la misma, obra "Historia de las Calles de Toledo" viene a poner de manifiesto que en dicho número no existió casa alguna de estos hermanos sino una pensión y si bien es cierto que vivieron en ella, ésto lo fue por una muy corta temporada, justo en el momento en que Gustavo Adolfo y Valeriano, junto con su madre, recientemente viuda, llegaron por primera vez a Toledo, allá por el año de 1857, y concretamente hasta que se afincaron, definitivamente, en la casa que más adelante visitaremos en la colación de Santa Leocadia ( pues así se conocío desde antiguo la división en la ciudad por "barrios" correspondientes a los dominios de las diferentes parroquias. Así, por ejemplo, un vecino podía referir que vivía en la colación de San Justo y todo el mundo ya sabía dónde estaba el lugar, sin necesidad de especificar la calle ).

¿Pero qué es lo que impulsó a nuestro protagonista a acercarse a esta vetusta ciudad hasta tal punto de quedarse totalmente prendido de ella, sobre todo cuando el movimiento romántico ya se encontraba desfasado y en declive?. Desde muy jóven Gustavo Adolfo Bécquer fue un hombre que podríamos llamar "del renacimiento". Fue un gran aficionado a la literatura, la historia y la pintura; consideraba que estas tres artes estaban ítimamente ligadas y, en tal sentido, aceptó la Historia ligada a la literatura; para él el documento histórico, frio, puramente informativo no bastaba, sino que había que adentrarse en los mítos, en las fábulas, en las leyendas de los pueblos para llegar a comprender el alma de la época y de la sociedad que se trataba de estudiar. Sin ello, el conocimiento quedaba cojo. En este contexto se enfrenta a la elaboración de una magna obra: "Historia de los Templos de España" que estaría compuesta de unos cuatro o cinco volúmenes que contendrían numerosas ilustraciones realizadas por él mismo, así como la colaboración de numerosos arqueólogos, grabadores y dibujantes de prestigio.

Pero recoger todos y cada uno de los templos del país, uno por uno, y describirlos, así como describir una a una todas las maravillas que los mismos encierran nos llevan a pensar que se trataba de una tarea árdua y costosa, sobre todo ésto último.

Se trata de "estudios superiores a mi edad y ajenos a mi inclinación". Reconoció, por fín, nuestro protagonista. Comenzó la obra en 1854 y en 1857 tuvo que acudir a los Reyes para que le prestaran auxilio económico y patrocinaran su obra. No obtuvo la respuesta que esperaba; entonces acudió a su hermano Valeriano, que vivía en aquélla época en Toledo, para que aportara el dinero que le faltaba y es con esta ocasión cuando visita Toledo y se queda prendado de la ciudad y decide, entonces, dedicar el primer ( que luego fue el único) volumen de esta obra a la magna toledana: "Templos de Toledo". El dinero no dió para más y se acabó el proyecto en 1858.

Por cierto, ya que estamos en este lugar diremos que el nombre con el que se conoce a esta calle, repito de la Lechuga, obedece a otro error histórico de los historiadores, en este caso de Amador de Los Rios. Resulta, como veis, que aquí al lado, a la izquierda según se mira la puerta de la Iglesia de Santas Justa y Rufina, aparece una pilastra visigoda decorada con numerosos relieves florales. Pues bien, Amador de Los Rios unió a su antojo esta calle de Santa Justa y la de los Bécquer en una sola y le atribuyó el nombre por dichos adornos florales que, por cierto, tienen muy dudoso parecido con tal planta.

2. La Calle de El Cristo de la Calavera


(Vamos a la Calle del Cristo de La Calavera)

Nos encontramos en este momento en la Calle del Cristo de La Calavera, que recibe el nombre de una de las leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer.

Bien es cierto que nuestro protagonista de hoy es un romántico rezagado, escribe cuando ya el movimiento romántico estaba desfasado y en plena época de hegemonía de la literatura realista que goza de una serie de características que en la ruta de hoy no viene al caso explicar; en Bécquer se van a entremezclar los temas puramente románticos: la ilusión, la soledad, la desesperación y, principalmente, el amor... el desengaño. Y es en este punto donde confluye nuestra ruta, en suma el amor a la mujer.

Pero todo esto no debe hacernos olvidar que Bécquer fue un auténtico solitario si del tema de amores hablamos; bien es cierto que cuando marchó a Madrid para trabajar como periodista, se enamoró de JULIA ESPI, organista del Teatro Real, pero la amó en silencio (seguramente ella ni siquiera sabría de los sentimientos que hacía sí tendría el "poeta"). Amó con pasión a ELISA GUILLEN, una dama de Valladolid a quien escribió una serie de poemas que, debido a las ideologías políticas, de las que más tarde hablaremos, desaparecieron aunque en la soledad de sus estancias toledanas, en la vieja casa de su hermano Valeriano, consiguió reproducirlas. Pero con Elisa tampoco pudo hacer nada. Con quien sí se casó, por cierto precipitadamente, fue con CASTA ESTEBAN, con quien tuvo dos hijos. Pero su mujer le fue infiel y se separó de ella si bien se reconciliarían al final de sus días.

Este fracaso en los "amoríos" se va a ver reflejado en la temática de sus leyendas tratando todas las variantes posibles de la actitud que una mujer puede tener para con un hombre y llegando, casi siempre, a la conclusión de que aquélla es, ha sido y será la perdición del género humano. Así, por ejemplo, en la "Leyenda del Beso", de la que ya hablamos en una de las primeras rutas, se trata el tema del amor platónico y la mujer imposible simbolizada en una estatua sepulcral. En "la Ajorca de Oro", la Virgen del Sagrario, patrona de Toledo, es objeto de la codicia y la tentación diabólica para una mujer (otra leyenda que ya expusimos). No sucede así en "La Rosa de Pasión", que comentaremos más adelante, donde la mujer sí que sale bien parada, todo inocencia y belleza. Y en ésta de "El Cristo de La Calavera", se dilucida cómo dos hombres, amigos por más señas, se enamoran de una misma mujer lo que les lleva al enfrentamiento y con un sorprendente final.

Esta Leyenda se desarrolla en este ensanchamiento de la calle en que nos encontramos que estaba presidido por una imagen del Crucificado que se encontraba alumbrado, día y noche, por un triste candil. Imagináoslo todo oscuridad y el único resquicio de luz fuera esa llama. Pues bien recordando este hecho muy acertadamente el Ayuntamiento de Toledo dispuso colocar esta placa que se ve en honor del insigne "poeta" lo que es muy de agradecer pues tristemente Toledo se muestra mala madre de sus más nobles hijos, naturales o adoptivos como en este caso, y les hace caer siempre en el olvido.

Y sin más demora, pues todos los estáis esperando y para esto, precisamente, nos encontramos aquí, paso a relatar la magnífica leyenda de "El Cristo de la Calavera":

"Eran tiempos de la Edad Media. El rey Alfonso VIII estaba preparando una gran expedición guerrera contra los moros y había conseguido reunir en Toledo un imponente ejército. Caballeros de todos los reinos cristianos de la península y de fuera de ella habían acudido a su llamada. Toledo era un hervidero de gentes bulliciosas, la inmensa mayoría jóvenes llenos de vida y por lo tanto impetuosos, bullangueros, dados a la alegría y escasamente sensatos.

El rey dispuso dar una última fiesta en el alcázar antes de la partida de la tropa, para elevar su moral. Damas y caballeros rivalizaban en elegancia. Los juegos amorosos eran acciones usuales. De entre todas las damas asistentes al baile real destacaba la belleza sin igual de doña INÉS DE TORDESILLAS. Su hermosura era tanta como su carácter altivo y desdeñoso. Todos los caballeros asistentes se hallaban prendados de aquélla linda mujer. Entre los más enamorados se hallaban don ALONSO CARRILLO y don LOPE DE SANDOVAL, ambos toledanos de nacimiento y amigos íntimos de su niñez. En principio los enfrentamientos eran a base de frases ingeniosas, puyas incisivas y delicadas burlas, que poco a poco fueron haciéndose más agrias y secas.

En cierto momento en que el cerco a la dama era más enconado por ambos amigos, ésta se levantó para evitar un incidente más grave entre los dos jóvenes enamorados y, quizás por descuido o intencionadamente, uno de sus guantes cayó al suelo. Todos los caballeros que la rodeaban intentaron alcanzarlo instintivamente, pero fueron Alonso y Lope los que, al unísono, lograron rescatar la prenda y pretendían entregársela a su dueña, sin querer soltarla el uno antes que el otro. Sus ojos chispeantes desafiáronse en silencio y su postura impasible revelaba lo que las almas sentían en aquel tenso momento. La terrible escena fue cortada por la presencia del rey quien, al notar la borrascosa situación, decidió intervenir con suma educación y tacto. Tomó el guante de las manos de los jóvenes y se lo devolvió a la dama, que asistió al lance con gran preocupación. Alonso y Lope se inclinaron reverentemente haciendo un gesto de despedida a la vez que se intercambiaban una mirada de intenso rencor.

Llegada la medianoche los reyes se retiraron a descansar y se dió por terminada la fiesta. Las damas y caballeros asistentes fueron encaminándose a sus moradas por las oscuras, estrechas y tortuosas calles de Toledo que, un momento antes tan animadas, fueron quedando en silencio.

En este ambiente nocturno, donde la oscuridad era la dueña de Toledo y el misterio se palpaba en el aire, apareció una sombra que se confundía con la de los soportales de Zocodover. Se adivinaba la figura confusa y desvaída de un hombre que apoyaba su mano derecha sobre la empuñadura de su espada. Pronto se vió otra sombra que avanzaba hacia el centro de la plaza. En ese momento salió el que esperaba y quedaron los dos frente a frente. Eran los dos amigos, Alonso Carrillo y Lope de Sandoval. Se dirigieron escasas palabras; pero las que pronunciaron sirvieron para decidir dilucidar sus diferencias con las armas. Determinaron buscar un lugar tranquilo y apartado para enfrentarse. Salieron de la plaza internándose por Barrio Rey, desembocaron en la plaza de la Magdalena y torciendo por la calle de Trastámara llegaron a la plaza de la Cabeza. Un poco más allá pudieron ver la luz macilenta de una lamparilla que alumbraba tenuemente a un cristo que tenía una calavera a sus pies. Les pareció el lugar a propósito para batirse en duelo y se dirigieron a él. Con apresuramiento saludaron al Cristo reverentemente, sacaron sus espadas y se prepararon para comenzar la lucha tras un asentimiento de cabezas.

Cuando sus aceros chocaron por primera vez, la lamparilla se apagó y la calle quedó sumida en la oscuridad. Al separarse ambos contendientes como dudando qué hacer, el farolillo volvió a brillar. Parecióles extraño lo ocurrido, pero dado el sentimiento que les embargaba, decidieron continuar el combate.

Cuando las armas volvieron a tocarse nuevamente, tornó a producirse el mismo fenómeno en la lamparilla del Cristo; y cuando se separaron, la luz volvió a encenderse sola. Dieron una explicación no muy convincente ni verosímil al hecho y decidieron continuar la pelea.

Una tercera vez se encontraron sus espadas y por tercera vez también se apagó la llama de la lamparilla; mas en esta ocasión la acompañó un gemido profundo y penetrante. Un miedo cerval llenó su espíritu y estremeció sus cuerpos. La lamparilla retornó a brillar de nuevo y entonces los amigos comprendieron que la intervención divina impedía su enfrentamiento. Dios no quería esa lucha fratricida. Se miraron y un impulso repentino los llevó a abrazarse con gran afectividad. La amistad y el cariño mutuo volvió a renacer y resolvieron que fuera la misma doña Inés la que dedidiese sobre su suerte amorosa.

Los dos amigos pasaron a la plaza de San Justo y de allí llegaron a la que hoy se llama calle del Cardenal Cisneros, para dirigirse después a la plaza del Ayuntamiento. En uno de los palacios allí existentes y de los que hoy no queda rastro alguno, vivía su amada. Cuando entraron en la plaza torcieron pegados a los muros del templo catedralicio para contemplar la fachada de la vivienda de doña Inés y, con profunda sorpresa, vieron cómo en ese instante se abría el balcón del dormitorio de la dama y un hombre que salía de él comenzaba a deslizarse hasta el suelo con ayuda de una cuerda, mientras una figura blanca, sin duda la de doña Inés, despedía amorosamente al galán.

Los dos jóvenes se miraron y, tras un momento de indecisión, sus ojos y labios iniciaron una sonrisa que llegó a convertirse en carcajada. Al oírla, la dama cerró bruscamente el balcón.

Al día siguiente partían las tropas. Comenzó el desfile. Las damas en los balcones de Zocodover, veían el paso del cortejo de caballeros con sus armas y pendones. Allí aparecieron don Alonso Carrillo y don Lope de Sandoval juntos. La joven enrojeció de vergüenza y despecho al comprobar la significativa sonrisa que los dos amigos le dirigían después de mirarse antes entre sí con signos evidentes de complicidad".

("Fantasía y Realidad de Toledo". Angel Santos y Emilio Vaquero)

Ciertamente, a lo largo de la ruta que hoy estamos celebrando vamos a contar numerosas leyendas pero desde luego ninguna podrá equiparase al texto original de Bécquer por lo que desde este momento os invito a leerlas y de seguro que disfrutareis con ellas. 

Y es que merece la pena su lectura. 

Ya sabéis que Bécquer está considerado, primordialmente, como un lírico esto es verdad hasta el punto de que sus leyendas son pura poesía en torno a un asunto maravilloso. Con razón Lázaro Carreter ha dicho que "hay más poesía en las Leyendas en prosa de Bécquer que en las Leyendas en verso de Zorrilla, más sonoras pero más huecas".

3. La Iglesia del Convento de San Clemente

Vamos a hacer en este momento una pequeña parada en nuestro itinerario de esta noche para admirar la maravillosa obra de la Portada de la Iglesia de este convento al que ya hemos hecho referencia en alguna que otra ruta.

Este es uno de los conventos más antiguos de la ciudad pues ya existen documentos sobre su existencia que lo datan del siglo XII. Ya hemos hablado, asimismo ,de la leyenda que atribuye el origen del mazapán a una invención de esta comunidad de religiosas cistercienses.

Pero a nosotros lo que más nos interesa destacar es esta preciosa portada del siglo XVI obra de Alonso de Covarrubias.

Veamos; es conocida la "costumbre" de todos nosotros, porque ninguno nos escapamos de ese afán, consistente en perpetuar nuestra memoria si no al cabo de los siglos, sí para dejar rastro de ella durante un lapso más o menos largo de tiempo; me estoy refiriendo a los populares "grafitti". Es archiconocido, y si no lo habeis visto os aconsejo que lo hagáis cuanto antes pues se están repintando las paredes, el gran número de "mensajes" por llamarlo de alguna forma: firmas, declaraciones de amor, que "adornan" algunas de las paredes de nuestros más ilustres monumentos; así por ejemplo, el trascoro de la Catedral. Pues bien, ésta, que es una moda que ya se utilizaba en Pompeya donde los arqueólogos están encontrando restos por todas, no es meramente una pequeña broma de nuestros días, si de broma se puede, ni siquiera de nuestros padres y nuestros abuelos, ni más allá. Voy al grano, el mismo Gustavo Adólfo Bécquer en uno de sus innumerables paseos nocturnos por las callejas de la ciudad, decidió perpetuar su memoria sobre la piedra tan magistralmente labrada por Alonso de Covarrubias y ahí, en alguna de esas piedras que veis, algunos manifiestan que en la hoja abierta del libro que muestra San Clemente entre sus manos, dejó estampada su firma.

Ahí os queda, pues, una especie de pasatiempo: si alguno de vosotros queréis os podéis dedicar un día a buscarla por entre todos los rincones; pero eso sí, tened un poco de paciencia. Yo ya la he estado buscando y aún no la he encontrado pero... quizás...

4. La Calle de San Ildefonso

En este momento nos encontramos en la Travesía de San Ildefonso que une la Plaza de las Capuchinas con la de Santo Domingo el Antiguo. Hemos venido a este lugar porque existe una historia muy curiosa de relatar, es la siguiente: Corría el año de 1920 cuando el entonces director del Instituto de Toledo, situado en el Palacio del Cardenal Lorenzana y que hoy día es la sede del Vicerrectorado de la Universidad de Castilla La Mancha en el Campus de Toledo, que era don Ventura Reyes un apasionado de las obras de Bécquer y, sobre todo, gran descubridor de las hondas raíces que el ilustre poeta mantuvo con nuestra ciudad, invitó una fría mañana de invierno de ese año mencionado a una familiar cercana a los Bécquer, llamada JULIA BÉCQUER con quien mantuvo una sigilosa entrevista. En un momento determinado, y sabiendo ya como era archiconocido, que la estancia del poeta y su hermano Valeriano en Toledo se ciñó por muy poco tiempo a la casa nº 9 de la Calle de la Lechuga, por las razones que ya hemos expuesto, decidieron escuchar las historias que sobre el asunto comentaban los viejos del lugar y a tal fin encontraron un cochero octogenario quien les condujo hasta la casa nº 8 de esta Calle de San Ildefonso en que nos encontramos donde, tras un concienzudo examen histórico y a través de los diferentes archivos y registros, decidieron dar por buena la versión del anciano "descubriéndose", en consecuencia, entonces mediante la publicación en la revista "Toledo", nº137, lo que de generación en generación había corrido siempre de boca en boca.

Resulta, pues, que por motivo de las ideologías de nuestro poeta, concretamente su actitud política conservadora, aunque "como decía un amigo suyo, militaba en el partido que más le hablaban de cuadros, de poesías, de catedrales, de reyes y de nobles"; tras la revolución de 1868 (I República Española) tuvo que exiliarse de Madrid y decidió trasladarse a vivir en esta ciudad que tanto amaba y con el único familiar que le comprendía. Vino, pues, a esta casa donde ya había estado anteriormente en sus muchos viajes realizados a Toledo pues si bien es cierto que vivía en Madrid, según sus propias palabras, lo hacía por la necesidad de obtener el sustento diario con el ejercicio del periodismo cosa que le era imposible hacer en esta ciudad provinciana. Más tarde obtuvo el cargo de censor de novelas y ahí si que tenía un buen sueldo pero con tan mala fortuna que la revolución de 1868 le obligó a abandonarlo todo y volver otra vez a la miseria.

Madrid nunca le gustó.

Pues bien, es en esta fecha cuando, en el pequeño jardín que había y aún existe tras estos muros que dan a la calle, justo al lado del brocal de un pozo árabe (que hoy está en el Museo del Taller del Moro), decidió plantar un laurel: ese mismo que veis asomar sobre las tapias, laurel con el que ya soñó en su "Tercera carta desde mi celda" que escribió durante su estancia en el Monasterio de Veruela para reponerse de una grave enfermedad, ya lo hablaremos, para que "descollando altivo entre los otros árboles hablara a todos de mi gloria".

Si veis alguna de las fotografías que en los libros sobre temas toledanos se han publicado de principios de siglo, veréis cómo el laurel apenas alcanzaba la altura de las tapias y hoy... pues ahí lo tenéis, aguantando recio después de haber soportado incendios, podas y sequías.

El nombre le viene dado a la Calle porque en esta casa contigua estuvo el Hospitalito de San Ildefonso, del siglo XIV, fundado para "el cuidado de mujeres pobres, peregrinas y públicas". No hace falta especificar a qué se referían. Asimismo es curioso destacar que en época de Semana Santa siempre había un grupo de gente, que se dedicaba a deambular por las calles para conseguir apartar a las prostitutas de su profesión y no solo eso, además les buscaban un marido; pues bien, entre lo uno y lo otro, este hospital servía de alojamiento para las mismas. Su existencia se mantuvo hasta el siglo XIX donde la escasez de rentas solo permitía albergar a mujeres pobres por una o a lo sumo dos noches.

Conviene lamentar la desaparición de la espadaña que coronaba la fachada del hospitalito en las obras realizadas para acomodar el edificio a escuela que fue, pues si bien en el permiso de obras se establecía expresamente que habría de ser repuesta, el hecho cierto es que nunca se hizo así, con todo lo cual se ha destruido, una vez más y sin causa aparente que lo justifique, un precioso rincón toledano, de los muchísimos con que nos regala la ciudad, que además fue dibujado a plumilla por Gustavo Adólfo Bécquer.

5. La Plaza de Santo Domingo el Real

Nos encontramos en esta plaza cargada de ambiente romántico y más que eso, cargada de Bécquer. Este lugar ha sido desde el siglo XIX de peregrinación para todos los estudiosos de la vida y de la obra de nuestro poeta.

En Bécquer detrás de cada rima, de cada leyenda, de la Historia de los Templos de España o de cada uno de sus artículos de prensa sobre Toledo late siempre una misma obsesión: el acercamiento a la realidad ideal soñada. Para nuestro autor las leyendas son algo más real que su propia realidad cotidiana, y así reflejará en cada una de sus leyendas la descripción exacta y minuciosa del lugar, del objeto arquitectónico o artístico, del ambiente, etc. Y uno de esos lugares es este precisamente en que ahora nos encontramos y que ha sido, como veis por las placas colocadas en las paredes en su honor, el sitio donde se ha concentrado el mayor número de homenajes que se le han tributado.

Y no es para menos pues esta plaza era una de los lugares preferidos y más visitados por Bécquer, habitualmente recorrida por él e inmortalizada en sus rimas cuando de ella escribió

"A oscuras conocía los rincones
del atrio y las portadas;
de mis pies las ortigas que allí crecen
las huellas tal vez guardan."

(Rima LXX. Gustavo Adólfo Bécquer)

Aquí, concretamente en ese rincón bajo la espadaña del Convento de Sto. Domingo el Real, se recostaba sobre la pared y dejaba pasar las horas y los días esperando que la serenidad del lugar fuera rota por alguno de los paseantes que, de tarde en tarde, se acercaban por el lugar. Bécquer nos lo cuenta de la siguiente manera:

"absorto en las ideas que de improviso me habían asaltado al contemplar aquéllos silenciosos restos de otras edades, más poeticas que material en que vivimos y nos ahogamos en pura prosa, dejé caer de mis manos el lápiz y abandoné el dibujo, recostándome en la pared que tenía a mis espaldas y entregándome por completo a los sueños de la imaginación"

("Tres Fechas. Gustavo Adólfo Bécquer)

Y es que Bécquer recorre las calles y los monumentos de Toledo ejecutando multitud de dibujos que le van a servir para completar sus meditaciones escritas y a los que alude en sus textos con demasiada modestia: los entendidos en la materia resaltan que, de haberse dedicado a la pintura, no habría gozado de menor fama.

Pues bien, dicho esto un buen dia de 1855 Toledo resultó asolada por una epidemia de cólera y una de sus víctimas fue, precisamente, su madre. Además, por si esto fuera poco, coincidió con la separación de su mujer. Huérfano como estaba y con el ánimo de mitigar su soledad salió a dar uno de sus paseos nocturnos por la ciudad y cuando discurría ensimismado por esta Plaza oyó el sonido triste de un órgano acompañado del canto no menos melancólico de un coro de monjas; miró al interior de la Iglesia y allí se decidió a entrar: se celebraba la ceremonia de toma de hábito de una novicia.

Quedose ensimismado de la música del órgano, del repicar de las campanas y, sobre todo, de la mirada de aquélla novicia que, quizás por un instante, se cruzó con la suya. Cuenta entonces la tradición que nada más terminar la ceremonia salió presuroso del templo y sentado en los escalones del atrio sacó lápiz y papel y compuso la que sería su rima número LXXIV:

"Me aproximé a los hierros
que defienden la entrada
y de las dobles rejas en el fondo
la ví confusa y blanca.
Me sentí de un ardiente deseo llena el alma;
como atrae un abismo, aquel misterio
hacia sí me atrastraba(...)
El umbral de esta puerta
¡ sólo Dios lo traspasa!".

(Rima LXXIV. Gustavo Adólfo Bécquer)

Tan impresionado quedó de lo visto en esta fecha (la tercera en la leyenda) que a ésta le añadió dos más anteriores que explicaran el inevitable final. En definitiva Bécquer en esas tres fechas tan alejadas en el tiempo desarrolla un sueño a través de una serie de sucesos que culminan en la "cruel" realidad de lo que ha soñado, escribiendo la única leyenda autobiógrafa donde el protagonista es él mismo.

Esta es la Leyenda:

"Se encontraba el poeta paseando por las estrechas, torcidas y oscuras calles toledanas, perdido a propósito, cuando vió cómo las cortinillas de una de las ventanas de un antiguo caserón se levantaban levemente para volver a caer con rapidez, ocultando a sus ojos la persona que, sin duda, le miraba en aquél momento. Volvió a pasar otra tarde y nuevamente ocurrió el mismo hecho, pero no pudo distinguir a nadie en concreto. Su romántico talante y su gran imaginación le llevó a pensar que se trataba de una joven y bonita mujer. Pasó otros días y siempre la cortinilla volvía a levantarse y a caer, sin tiempo a reconocer la persona que tras ella se ocultaba. Durante los siguientes días se la imaginó tanto que creyó ya conocerla, saber cómo se llamaba y cuál era el color de sus ojos. Se la representó en mil sitios distintos: patios, jardines, palacios..., mas tuvo que marchar a Madrid y, volviendo con melancolía los ojos hacia la ciudad que iba dejando a lo lejos, sacó su lápiz y apuntó lo que llamó la "primera fecha".

Pasados unos meses, ... vuelve a Toledo y en otra de sus salidas por la ciudad, en las que tomaba generalmente apuntes de dibujos a lápiz de aquellos rincones y lugares que más le impactaban, estando dibujando la portada de un viejo convento, creyó ver que desde uno de los altos miradores del mismo una blanca y juvenil mano le saludaba, sin que pudiera percibir rostro alguno. Miró a su alrededor para cerciorarse de que nadie más había en ese momento en la plaza y así pudo comprobarlo, luego ese saludo iba, sin posiblidad de equivocarse, dirigido a él. Esperó en vano durante algún tiempo para ver si se repetía el suceso, pero ya no volvió a ver aquella primorosa mano.

Llegó la hora en que tenía que partir para Madrid, pero antes de guardar sus papeles en la cartera apuntó en su cuaderno esta "segunda fecha".

Pasó un año hasta que el poeta volvió nuevamente a Toledo sin que se le hubieran borrado del todo aquellos recuerdos y, llegándose hasta nuestra plaza, a la que encontró más triste que antaño y en la que comenzaron a sonar las campanas que cobijaba, le pareció oir las notas de un órgano y como cánticos religiosos de voces femeninas que salían de la iglesia del convento. Preguntó a un mendigo que se hallaba sentado en los escalones de piedra, qué se celebraba y éste le contestó que se trataba de una toma de hábito por una novicia. Intrigado ... por no conocer este tipo de ceremonias, entró en la iglesia. Esta se encontraba sumida en las tinieblas, iluminada sólamente por pequeñas velas y algunas lámparas que no proporcionaban la suficiente claridad, por lo que la escena tenía casi que adivinarse. El grupo de fieles era escaso. Por fin vio cómo los sacerdotes, envueltos en nubes azuladas de incienso, abandonaban el presbiterio, se dirigían al fondo del templo y llegaban al coro. Allí les esperaba la virgen que iba a consagrarse a Dios, rodeada de todo el capítulo del convento. La abadesa, ceremoniosamente, le cortó su largo cabello rubio, la despojó de cuantas joyas llevaba y la desnudó de su traje nupcial para ponerle el hábito de la Orden en la que iba a profesar. Vió asimismo cómo la nueva religiosa se tumbaba boca abajo en el suelo y se la cubría con pétados de flores que eran derramados por las otras religiosas que asistían a la ceremonia, al tiempo que entonaban una triste salmodia. A su término, los sacerdotes comenzaron el oficio de difuntos, que era contestado por las monjas, mientras las campanas tañían tocando a muerto.

Acabado el rito se abrió una gran puerta dentro del coro por donde la nueva esposa de Dios entró hacia la clausura y fue entonces cuando, iluminada su cara por un rayo de luz interior, el poeta pudo verla el rostro cuando se volvió hacia el altar mayor y hacer una genuflexión, y se dió cuenta de que conocía a quella mujer sin haberla visto antes nunca; era la que en sus sueños vio bajar la cortinilla de la ventana y también la misma que con su blanca mano le había saludado desde el convento. Quiso gritar, pero no pudo, y en aquel mismo instante se cerraba para siempre la puerta claustral. Los sacerdotes volvieron al altar mayor envueltos en nuevas nubes de incienso y cantando el ¡Hosanna!, mientras el órgano derramaba sus notas metálicas y las campanas repicaban con alborozada alegría. Preguntó entonces a una viejecita, que sollozaba y gemía sin dejar de mirar por donde había desaparecido la nueva profesa, y le dijo que se trataba de una joven que se encontraba sola en el mundo, porque sus padres habían muerto a causa del cólera hacía poco más de un año y que viéndola así el deán de la Catedral le proporcionó una dote para que pudiera tomar el velo. Cuando le dijo el nombre de la calle donde vivía antes de ingresar en el convento, no pudo contener una exclamación de sorpresa. Era aquélla en que por primera vez viera levantarse y caer la cortinilla de la ventana de un caserón".

Así llegamos a la tercera fecha de la que el poeta nos dice: "Esta es la fecha que no tiene nombre, no la escribí en ninguna parte... Digo mal: la llevo escrita en un sitio en que nadie más que yo la pueda leer, y de donde no se borrará nunca".

("Fantasía y Realidad de Toledo". Angel Santos y Emilio Vaquero)

Ahí, bajo esa cruz de madera, se encuentra una de las placas conmemorativas colocada por la Sociedad de Amigos de Bécquer. Bajo la placa hay una pequeña oquedad en el muro.

¿Cuál es su interés?.

Se trata de un hueco realizado por la Sociedad de Amigos de Bécquer en la fecha de la placa, hacia principios del siglo XX, donde éstos colocaron unos libritos conteniendo las Rimas del poeta para que todo aquél que pasara por este sitio y lo deseara, pudiera deleitar su espíritu con esa maravillosa poesía. Curioso, ¿no?.

6. La Iglesia de San Juan de los Reyes

Nos encontramos, ahora, en otro de los edificios predilectos de Gustavo Adólfo Bécquer. Este monasterio advocado de San Juan de Los Reyes cuyas ruinas tanto le inspiraron y donde tantas horas perdió en su contemplación. Tras la invasión napoleónica este monasterio quedó en ruinas y solo permanecieron algunos de sus muros y muy escasas de sus bóvedas en pie para reino de los cuervos. Acontecía que Bécquer sentía una insuperable atracción por las zonas donde existía algún edificio gótico de gran relieve por su monumentalidad, por su significado, por su emplazamiento o por, como era el caso, su transformación en ruina a manos de la naturaleza o del tiempo. Si además esta arquitectura se insertaba en un tejido urbano que poseía alguna o algunas de esas características señaladas, no hay duda de que se convertía en una de sus predilectas; y Toledo reunía todas estas cualidades. No hay más que leer la sublime descripción que el poeta hace de la Catedral de Toledo en su leyenda "La Ajorca de oro" para comprender todo este sentimiento.

Para nuestro protagonista de esta noche, Madrid no poseía ni mucho menos el atractivo romántico que ejercía Toledo y sus frecuentes estancias en la capital obedecían, según sus propias palabras, a la necesiad de encontrar sustento ejerciendo de redactor de diversos periódicos, cosa que Toledo no ofrecía. Aún así la capital tampoco le fue pródiga en esta materia. Desde que contrajo la tuberculosis en 1857 no dejó de ser un joven enfermizo hasta su muerte, incluso vestía con absoluto desaseo y siempre con ropas roidas y remendadas una y otra vez, remiendo sobre remiendo, y arrastrando una vida bohemia y desilusionada.

Pues bien, todo esto viene a colación porque una noche en que Bécquer se encontraba en Toledo, salieron a dar un paseo por las calles de la ciudad él y Valeriano, su hermano, y llegando a eso de la medianoche, los vigilantes municipales que se econtraban haciendo la ronda nocturna, los sorprendieron a los dos en una animada conversación junto a este Monasterio. Viéndoles vagabundos, harapientos y solos a esas intempestivas horas de la noche y habiéndose producido recientemente unas incursiones por los bandoleros del camino de Madrid contra algunos viajeros, sospechando que pudieran tener relación con ellos los detuvieron y encarcelaron permaneciendo presos hasta que el director del periódico de Madrid donde entonces trabajaba Gustavo Adólfo Bécquer tuvo que mover sus influencias para conseguir sacarlos del atolladero, como así finalmente sucedió.

Pues bien, dicho esto, y apareciendo que nos encontramos con el fondo magnífico de los cigarrales toledanos, voy a aprovechar la ocasión para relataros ahora una de las leyendas más románticas que Bécquer escribió actualizando la antigua del "arroyo de la degollada" y a la que dió por nombre: "La Rosa de Pasión".

Resulta que en Toledo, como en otras ciudades de España, era acostumbrado el recitar a la luz del fuego en las noches de Viernes Santo entre las familias las maldades y supersticiones que los judios hacían con los cristianos todos los años al conmemorar la muerte de Cristo: el Santo Niño de la Guardia y otras por el estilo. Esa noche la psicosis llegaba a tal extremo que el propio rey Alfonso X el Sabio tuvo que decretar la prohibición de los judios de salir de sus casos en el día de Viernes Santo. Con ello os podeis figurar el ambiente que se había creado en torno a fecha tan singular. En este ambiente de odios y venganzas entre judios y cristianos, lleno de misterio y tradición, se desarrolla el argumento de esta preciosa leyenda donde por una vez, y sin que sirva de mucho precedente, la mujer aparece toda revestiva de inocencia y belleza y llega a sacrificar su vida por su amante, aunque sea cristiana, y de cuya sepultura nacerán las "rosas pasionarias".

Es de destacar en toda la obra de Bécquer cómo al hablar de los judios siempre utiliza adjetivos tales como "rencoroso", "vengativo", " perro", o que "representa lo peor de su raza" entre otras lindezas similares, lo que ha llevado a realizar a algunos historiadores estudios rigurosos sobre el extremo "antisemitismo" de Bécquer. Pero es mi opinión, que recojo de ilustres estudiosos de la materia, que este sentimiento obedecía más a asegurar el éxito popular de sus leyendas que a sus sentimientos personales. El siglo XIX se caracteriza por la violenta represión contra los liberales y lo que hace nuestro autor es exagerar por pura política, más que por convicción, su tradicionalismo católico.

Esta leyenda se desarrolla en la zona del Barco de pasaje y relata lo siguiente:

"En una casa de las múltiples callejas sombrías, angostas y sinuosas y enigmáticas de Toledo vivía hace mucho tiempo un judío malvado, miserable, vengativo e hipócrita llamado Daniel Leví. A estas cualidades había que añadir la de la avaricia, pues se decía que poseía abundantes riquezas aunque llevaba una vida miserable, siempre pegado a la mesita de su sombrío portal, donde componía y aderezaba cadenillas de metal y objetos de cuero.

Esta "prenda", cuya hipocresía y servilismo eran altamente conocidos en la ciudad imperial, sentía un odio implacable hacia los cristianos y todo cuanto a su doctrina pudiera pertenecer.

Este vil judio tenía una hija que era admirada en la vecindad por su hermosura física y por su belleza espiritural. A todo el mundo le parecía mentira que un ser tan ruin y mezquino pudiera haber engendrado un ser tan hermoso.

Los judios más poderosos de la ciudad ya habían solicitado la mano de SARA, que así se llamaba aquella dulce joven, prodigio de belleza y bondad; pero la hebrea no daba su consentimiento a ninguno, a pesar de los homenajes de los galanteadores y de las presiones de su padre. quien la había animado a contraer matrimonio con alguno de los más ricos pretendientes.

Cierto día, uno de los adoradores de Sara, despechado por los desdenes de la quinceañera, se llegó a DANIEL y le dijo que se rumoreaba entre la comunidad judia que su hija estaba enamorada de un cristiano; que se había visto conversar a solas a la pareja, mientras él, su padre, acudía a las reuniones del sanedrín.

Daniel no pareció alterarse por la noticia, pero ello era sólo apariencia pues en su interior la ira iba haciendo mella en su espíritu y pronto empezó a señalársele en la manera diabólica de sonreir y la fiereza que comenzó a imprimir a la lima, que cada vez, con golpes más convulsivos, mordía con fiereza el acero de una cadena que tenía entre las manos. Por fin Daniel dijo al joven que avisase a los demás componentes del sanedrín para una reunión esa misma noche.

La ciudad se hallaba sumida en la oscuridad y el silencio, un silencio que se producía después de haber vuelto a sus casas los fieles asistentes a los oficios de tinieblas en la tarde-noche del Viernes Santo. Sólo el viento dejaba oir su gemido al hacer girar las herrumbrosas veletas, azotar las viejas ventanas y balcones y arrasar las callejas. En ese mundo de silencio sólo se oía, junto al rumor de las aguas del río corriente abajo y el ulular del viento, el chapoteo de los remos de la barca que, desde "el Barco de Pasaje" transportaba a distintos grupos de judios, que llegaban a intervalos a la otra orilla. El barquero que se hallaba receloso con ese tránsito de los hebreos y pensaba que algo estaban tramando; pero su conciencia se veía adormecida y acallada con los ingresos extras que tal movimiento le reportaba. Por último llegó Sara, la cual le preguntó que cuántos habían pasado aquella noche, pues no era la primera ni única en que este tráfico se producía. El barquero, con el que la joven tenía gran confianza, le contestó que no había podído contarlos de lo numerosos que eran. Inquirió la muchacha si conocía el motivo de aquellas reuniones nocturnas al otro lado de los muros de la ciudad, pero el buen hombre le contestó que lo ignoraba, pero que no creía que fuese nada bueno.

Sara recelaba de su padre; pensaba que quizás se hubiera enterado de sus amores con el cristiano y estuviese proyectando el modo de vengarse en su amado, por lo que era preciso que ella conociese lo que intentaba a fin de poder preservarle.

Cuando llegaron a la orilla opuesta, Sara entregó unas monedas al barquero y éste le comunicó el camino que seguian los distintos grupos de judios y le dijo que cuando llegaban "a la piedra del rey moro" desaparecía a la izquierda y que se desconocía dónde iban y qué hacían despues. Sara siguió la dirección que el barquero le había indicado y llegó cerca de las ruinas de una antigua iglesia bizantina, anterior a la conquista de los árabes, y contempló una escena horrible. Su padre, rodeado de una multitud de hombres de su misma raza, despidiendo cólera por su mirada y animado de un espíritu de odio y venganza hacia los enemigos de su religión, daba órdenes precisas y contundentes a los suyos para llevar a cabo lo que tenía previsto. Al resplandor que proyectaba una hoguera encendida en lo que fue el atrio del templo vió cómo unos cuantos compañeros de su padre elevaban una pesada cruz, mientras otros tejían una corona con ramas de las zarzas que por allí crecían y preparaban unos grandes clavos.

Pasaron por su mente las acusaciones más criminales que recaían sobre los de su raza y que ella, hasta el momento, había creido que eran calumnias inventadas por los cristianos para dañar la imagen de los suyos; pero lo que estaba viendo era una auténtica realidad. Como impulsada por una fuerza interior y a la luz de las ideas de amor y piedad que su amado la había venido inculcando, como prendas de la religión de Cristo, se lanzó en medio de los allí reunidos, les echó en cara su infamia y les gritó que no esperaran la venida del cristiano pues ella le había advertido de lo que tramaban contra él y que si estaban sedientos de sangre y querían una víctima allí la tenían a ella.

Daniel, después de reponerse al impacto que le había prodicido la irrupción de su hija, dirigiéndose hacia ella en ademán amenazador y rugiendo de cólera, le espetó que si eso era verdad ya no la consideraba como hija suya, a lo que ella respondió que había encontrado otro padre que era todo amor y que había muerto por redimir a todos los hombres y así abrirnos las puertas del cielo; en una palabra, que se había convertido al cristianismo.

Al oir tal revelación, Daniel, ciego de furor, se arrojó sobre su hija, la derribó al suelo, la agarró de los cabellos, la arrastró hacia la cruz y la entregó a sus hermanos de religión que hicieron con ella lo que tenían pensado hacer con el cristiano.

Como si nada hubiera ocurrido, Daniel, al día siguiente abrió, como de costumbre, su tenducho y todos le vieron hacer lo que habitualmente venía haciendo, trabajar tranquilamente en su yunque con su martillo. Lo único que no vieron abrirse fueron las celosías del ajimez de Sara ni nadie volvió a ver a la hermosa hebrea".

("Fantasia y Realidad de Toledo". Angel Santos y Emilio Vaquero)

Termina Bécquer esta leyenda con estas palabras:

"Cuentan que algunos años después un pastor trajo al arzobispo una flor hasta entonces nunca vista, en la cual se veían figurados todos los atributos del martirio del Salvador; flor extraña y misteriosa que había crecido y enredados sus tallos por entre los ruinosos muros de la derruida iglesia.

Cavando en aquel lugar y tratando de inquirir el origen de aquella maravilla, añaden que se halló el esqueleto de una mujer y enterrados con ella otros tantos atributos como la flor tenía".

El cadáver, aunque nunca se pudo averiguar de quién era, se conservó por largos años con veneración especial en la ermita de San Pedro el Verde, y la flor, que hoy se ha hecho bastante común, se llama Rosa de Pasión".

("La Rosa de Pasión". Gustavo Adólfo Bécquer)

7. El Arquillo de la Judería

Gustavo Adólfo Bécquer se mostró, a lo largo de toda su vida, lleno de temor por la suerte que habría de correr la Ciudad de Toledo en el crepúsculo del siglo XIX y más aún durante las décadas posteriores. Estaba muy preocupado por la suerte de la Plaza de Zocodover y las callejas toledanas, amenazadas entonces por una corriente demoledora que, afortunadamente, nunca se produjo.

Efectivamente, al igual que estaba ocurriendo en lugares tan emblemáticos como Madrid, donde se derrulleron las antiguas murallas de la ciudad, o en Barcelona y tantos otros lugares, Toledo no iba a quedar libre de la corriente demoledora que pretendía renovar la antigua ciudad pretendiendo crear grandiosos bulevares y ensanchar y enderezar sus estrechas calles, derribando todo aquello que se opusiera a los ideales renovadores del siglo XIX y salvando únicamente aquéllos monumentos que por su especial significancia, habrían de quedar aislados en medio de grandes avenidas: La Catedral, San Juan de los Reyes, el Alcázar, etc. al modo, por ejemplo, que ha quedado en Madrid la conocida Puerta de Alcalá.

Su mejor defensa, desde luego, en su lucha contra las corrientes renovadoras fue, sin lugar a duda alguna, la prensa donde a través de sus innumerables artículos dedicados a Toledo, se erigió en sublime defensor de la misma; también por sus oponiones manifestadas a través de todos sus escritos en general y de las leyendas en particular.

Así, Gustavo Adólfo Bécquer decide situarse en un lugar concreto de la ciudad y erigirlo como ejemplo y símbolo de su radical oposición a la "destrucción". Y ese lugar concreto es éste donde nos encontramos, y el símbolo este "arquillo" que vemos y que pretendío ser derribado por unos munícipes miopes para la Historia.

Para Bécquer, Sevilla y Toledo son las ciudades más sublimes de la humanidad que contienen en su ser la esencia misma de todo lo que las generaciones pasadas nos han legado. Constantemente se dedica a identificar su ciudad natal con su ciudad "adoptiva" y es tal su entusiasmo por Toledo que llega a comparar las dos ciudades cual si de una misma se tratara, como es el caso de su obra "La Semana Santa de Toledo" en donde, según prestigiosos autores, se realiza la más espléndida descripción que jamás se haya realizado de la Ciudad de Toledo.

Tal es su fascinación por la ciudad Imperial que escribirá:

"Hay en Toledo una calle estrecha, torcida y oscura, que guarda tan fiélmente la huella de cien generaciones que han ella han habitado, que habla con tanta elocuencia a los ojos del artista, y revela tantos secretos puntos de afinidad entre las ideas y las costumbres de cada siglo con la forma y el carácter especial impreso en sus obras más insignificantes, que yo cerraría sus entradas con barreras ... y pondría en la barrera un tarjetón con este letrero: EN NOMBRE DE LOS POETAS Y DE LOS ARTISTAS, EN NOMBRE DE LOS QUE SUEÑAN Y DE LOS QUE ESTUDIAN, SE PROHIBE A LA CIVILIZACIÓN QUE TOQUE A UNO SOLO DE ESTOS LADRILLOS CON SU MANO DEMOLEDORA Y PROSAICA".

(Gustavo Adólfo Bécquer. "Tres Fechas")

Tal dice el letrero que podeis ver en la fachada de esa casa que da a la calle.

Gustavo Adólfo Bécquer vió por última vez Toledo el día 19 de Diciembre de 1870. Tres días después murió en Madrid víctima de la tuberculosis.

Toledo, a 4 de febrero de 1.999